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El
color no es nada más que luz de una longitud de onda, o frecuencia, especial.
Cuanto más alta es la frecuencia (más corta la onda), más potente es la
luz. La luz roja lleva menos energía, la luz azul más. Los rayos X y Gamma
más todavía. Pero en un sentido restringido, todos son colores.
El color está en el corazón de la luz, y la luz, dicho simplemente, es
aquello que se ve. Como la luz, el color tiene una forma que puede ser
descripta por la física y la matemática, pero existe también en una manifestación
mucho más sutil: la de la percepción.
El color es algo ciertamente curioso. Puede ser
medido, cuantificado y clasificado en un laboratorio, puede ser convertido
en una excelente herramienta de ingeniería o un patrón de registro, puede
ayudarnos a medir una molécula o una galaxia, pero para el ojo humano,
el color siempre ha sido mucho más que sólo un caso de esta o aquella
frecuencia. El color es información... instantánea, confiable y exacta.
Es comunicación, rica, sutil y completa. En realidad, es casi el único
idioma verdadero que tenemos, además de la música, que no necesita palabras.
A partir de esto, encontramos en nuestra cultura toda una iconografía
aplicada al color como elemento de comunicación.
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