Los primeros
años del siglo xx estuvieron marcados por las ideas de construcción
y producción surgidas de la industrialización general de la vida.


Esta
verdadera revolución en las concepciones tuvo al arte como su forma
casi privilegiada de discusión y de consumación. Los productos artísticos
comenzaron a pensarse como formas o medios de comunicación antes que
como objetos creados para la contemplación de aquellos que estuvieran
en condiciones de interpretarlos.

En ningún
otro lugar se agitaron las banderas de la revolución estética como
en la Rusia de principios de siglo. Acompañando las convulsiones sociales
que llevaron a la Revolución de Octubre, el arte, manifestación de
la insatisfacción humana, debía ser la cuna de la transformación,
liberándose de las antiguas ataduras para generar su propio renacimiento
retornando al principio del signo sin la referencia, al grado cero
de la significación.
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